VERSOS DE MADRUGADA
En medio de su delgadez usaba la ropa dos tallas más que la suya, era la moda- el bacile- como él mismo decía. Su afro convertido en un mar de rizos engominados gracias a las grandes cantidades de gel, brillaba en forma irreal bajo un sol despiadado. Ese día salió después del almuerzo.
- Voy a tomarme unas frías con Jeison, no me esperes despierta negra. Si, no te preocupes, voy con cuidado- dijo mientras movía con el pie derecho el cran de la moto.
Diez horas y media después el asiento posterior de su motocicleta ya no estaba vació. Las diminutas trenzas de Corina se agitaban con el viento. La oscura carretera era solo para los dos. Las manos delicadas de su acompañante, de uñas largas y rojas, se aferraban a su pecho y lo acariciaban de vez en vez. Esto era suficiente para que él olvidara a su mujer, las cuentas de la casa, la cotidianidad, a su mujer con su vientre abultado y lleno de vida. No supo en ese momento que pasó, sus manos ya no lo sujetaban, desde el piso empezó a llamarla. No hubo respuesta, solo oscuridad. Su mujer. Sin hacerle caso, lo esperaba despierta, mientras escribía en uno de los que habían sido, hasta hace poco, sus cuadernos de escuela: Yo siento que te has ido. Siento la incertidumbre, que me despierta, a la madrugada. Un presentimiento, me lleva a buscar, tu rastro. Yo siento que me engañas, y ahora, ya no siento.
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